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Contar o contar-se

Empecé a escribir una novela, esa circunstanica me hizo reflexionar sobre una cuestión que en apariencia parece poco importante, contar en primera persona o en tercera. Pensar sobre esto es esencial no sólo para la historia que queremos contar sino también para el tono que deseamos que tenga nuestro texto. Dejo de la lado aquellos análisis que piensan en la utilización de las diferentes personas gramáticales en términos de más o menos subjetividad u objetividad. Lo que propongo pensar es más simple y menos teórico, si se quiere. Siempre me cuestiono si lo que quiero contar lo estoy contando como se merece, esto es la vieja discusión forma contenido. Esta duda me surge de creer que no sólo lo que se cuenta es importante sino cómo se cuenta. Pensemos en las maravillosas páginas de En Busca del tiempo pérdido donde el narrador moja una magdalena en el té,el sabor, la rememoración, dura unas cuantas páginas, esa escena se sostiene con el tono, con la musicalidad de las palabras. Dudas e...

El fondo del mar

La señorita Munt tenía una mirada que daba miedo. Era la maestra de sexto. Hacía más de veinte años que daba clases en el mismo grado. Era rubia, usaba una melenita con flequillo que la hacía verse como una nena vieja. Nunca la vimos maquillada. De la señorita Munt sabíamos que tenía cuarenta y seis años, que era viuda y vivía con su madre, y que no tenía hijos. Su marido había muerto ahogado. Era buzo de la prefectura. Nunca encontraron el cuerpo. Esa historia la contó la portera. Lo sabía toda la escuela, desde los chicos de primero hasta los de séptimo. La señorita nunca hablaba de su vida. Tampoco le importaba las nuestras. Cuando nos enfermábamos y faltábamos muchos días y volvíamos a clase, ella no preguntaba que nos había pasado. Sólo pedía el certificado del médico y la libreta sanitaria. Diego Lencina tenía doce años. Había repetido tercer grado. Las maestras lo aprobaban para sacárselo de encima. En los recreos le pegaba a los más chicos para...

Dormir

Dormir Eran las dos de la mañana cuando Silvia me llamó para decirme que Eduardo había muerto. Me acuerdo que le pregunté si estaba segura de lo que estaba diciendo. Me dijo que sí y cortó. Me levanté de la cama, me vestí y salí. Tomé un taxi en la avenida Pueyrredón. Silvia y Eduardo vivían en Pringles y Sarmiento. El viaje duró unos quince minutos. Hacía mucho calor. Los bares estaban abiertos y las heladerías también. El taxi paró en el semáforo de Córdoba y Pueyrrredón. Un grupo de pibes cruzó la avenida, se reían. Los miré y pensé que ellos no sabían nada de lo que me estaba pasando. Llegué a la casa de Silvia. Su madre me abrió la puerta. Entré al living y vi a una mujer sentada en uno de los sillones. Es una vecina, me dijo. -Eduardo está arriba. Estamos esperando a la ambulancia del servicio fúnebre - dijo la madre de Silvia. Mientras subíamos la escalera me enteré que habían terminado de cenar, cuando Eduardo se quejó de un dolor en el pecho. Silvia ...

Mujercitas

Marisa no quiere jugar con ella. No tiene ganas, le dice. Desde hace unos días Marisa tiene novio, es el chico que vive a una cuadra, el hijo del dueño de la panadería. Se llama Julián y tiene 12 años, igual que Marisa. Ana está acostada en la cama, lee Las mujercitas se casan. No puede concentrarse. Las palabras del libro se le mezclan con la cara de Marisa diciéndole que no quiere jugar. Y las chicas que antes jugaban en la nieve con Laurie, armaban obras de teatro y pasaban las tardes en el altillo de Jo, ahora tienen problemas de personas grandes. Meg sólo piensa en casarse, lo mismo le pasa a Amy, que quiere encontrar un novio a toda costa. Jo es la única que no piensa en novios. Ana cierra el libro. Lo abre otra vez. Jo decide irse a Nueva York. Le dice a la madre que necesita alejarse de la familia para hacer su propia vida. Necesita saber qué le pasa estando lejos de sus hermanas y de su padres. La madre llora, pero la deja ir. Jo llega a Nueva York un día...

Mi papá (segunda versión)

Esa noche hacía calor y soplaba un viento suave. Mi papá estaba sentado en el umbral de la puerta de nuestra casa. Mi hermana y yo jugábamos carreras de esquina a esquina. Me preparaba para la próxima carrera cuando vi a un hombre que se acercaba. Lo observé con atención. Reconocí a mi tío, estaba con una mujer embarazada y dos nenas chiquitas. Les mire las manos: no traían bolsos. Listo, preparado, ya, grité y corrí lo más rápido que pude. -Ahí viene el tío-le dije a mi papá. -¿Qué tío?- dijo mi papá. -El Negro-contesté. Mi papá se levantó, tiró el cigarrillo a la vereda y lo aplastó. -Hola hermano-dijo mi tío. Mi papá lo miró con sorpresa. No lo alegraba verlo. Y yo lo sabía. También sabía que cuando mi tío aparecía era para pedirle plata a mi papá. Hacía más de dos años que no lo veíamos. Las últimas noticias decían que estaba viviendo en Puerto Madryn. Mi tío le debía plata a medio San Miguel. A mi papá le daba vergüenza ser reconocido ...

La gallina

Ana y Marisa jugaban a las vecinas. Estaban sentadas en el porche de la casa de Marisa, desde ahí se veía la plaza con el pino alto, el mástil donde nunca había bandera, rodeado de un camino hecho de piedritas naranjas. Ese día no jugaban en la plaza porque hacía mucho calor. El porche estaba limpio, el piso brillaba. La madre de Marisa decía que lo limpiaba con kerosene. Esa era la única parte de la casa que le agradaba a Ana. El resto de la casa era desordenada y sucia. En la cocina siempre había moscas. En el patio de atrás no podían jugar, siempre estaba lleno de las maderas que usaba el padre de Marisa en el taller de carpintería. También estaba el gallinero del que salía un olor que a Ana le desagradaba. En el piso del porche había una mantel de tela que Marisa le sacó a su mamá para jugar. Era un mantel con círculos amarillos y naranjas. Sobre el mantel había dos tazas, una azucarera, cucharas, una jarra, una botella, un cuchillo, y las mamaderas de las muñecas. La muñeca de Ana...

La cocina

Me voy a dormir a las ocho de la noche. Me despierto a la una de la madrugada. Me levanto porque tengo hambre. Voy al comedor. Entre la nube de humo de cigarrillo puedo ver a mi mamá y a mi papá. Mi papá juega al ajedrez con un amigo. Mi mamá y otros dos amigos observan la partida. Me acerco a mi mamá y le digo que tengo hambre. Me dice que ya comieron. Quiero sentarme sobre sus piernas porque tengo frío. -Estoy ocupada. Acostate en el sillón- me dice. Tengo hambre le digo. Lloro. Mi papá interrumpe el juego, se levanta, va a la cocina, y vuelve con un sándwich de jamón y queso. Mamá insiste en darme café con leche y sabe que no me gusta la leche. Mientras miro los dibujitos, corto en pedazos los mazos de cartas que mi mamá usa para jugar a la canasta. Los meto adentro de la taza, los hundo con la cuchara, revuelvo y los veo flotar. Todos los días escucho a mi mamá quejarse porque tiene que cocinar. Sin embargo no sale de la cocina, es su laboratorio. La cocina es el lugar más ordenado...